La nueva vieja historia

La conducta es animal: el instinto de la especie envía señales de supervivencia que apuntan a asegurar el stock de los recursos que el hombre necesita para vivir. Con esta lógica, alguno de los amigos de Mowli -protagonista de “El libro de la selva”, de Ruyard Kipling-, habrá guardado con recelo un plátano, o un panal lleno de miel procesada por las abejas, sin intenciones de compartirle al resto de la manada, incluso a sabiendas de que la cantidad con la que contaba bastaba para todos.

“¡Nos están matando de hambre!”- grita un hombre de aproximadamente treinta años a los micrófonos de algunos medios de comunicación. Dos oficiales de la Policía Federal, respaldados por la institucionalidad de su violencia, lo llevan a rastras a una unidad de detención móvil. Por lo que se puede apreciar en los registros visuales, la declaración del detenido se promulgaba a los rayos de un sol ardiente, incendiario, que obligaba a todos los pobres por igual -es decir, asesinos materiales y cuerpos asesinados – a usar remera o camisa manga corta. Lo obsceno de la jornada se reflejó en la edición de Página/12 del día siguiente: “Fernando De La Rúa se fue como quien desangra. Cinco muertos en Plaza de Mayo, veintidós en todo el país”; ese número se acrecentaría durante las horas siguientes.

Estos últimos años, en Argentina se ha desarrollado la idea de que la sociedad está dividida por una línea imaginaria, a la que los medios de comunicación le dedicaron todo su esfuerzo hasta etiquetarla como “La Grieta”. La premisa de que esa separación se hizo realidad en este siglo fue instalada con una precisión quirúrgica, y su naturaleza ha sido debatida en innumerables rejuntes de comunicadores. Tal fue la profundidad del concepto que se convirtió en tapa de varios libros de análisis político-social.  Su tratamiento sugiere una división producto de las políticas de la era K. Sin embargo, son pocos los que han podido separar al significado del significante, para poder cuestionarlo desde su esencia.

“La Grieta” ha sido alimentada por los representantes de las dos opciones políticas más poderosas del país. A través de declaraciones despectivas referentes al otro sector del electorado, Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner cavaron sus trincheras y tendieron alambres de púa, una práctica extraña de cualquier anfitrión que pretenda darle la bienvenida a los que quieran participar. Una fuerza ha intentado llevar a cabo una distribución de riquezas más profunda que la preexistente a su mandato, implementando por ejemplo los famosos ‘planes sociales’ cobrados por personas desempleadas o jefes de hogar con hijos, y acrecentando los impuestos a actividades comerciales; la otra fuerza se ha promulgado en contra del intervencionismo y a favor de la libertad de mercado, con la medida de apertura de importaciones como insignia de su modelo económico.

Las diferencias entre los que quieren concentrar el capital y aquellos que prefieren distribuirlo existe antes de las declaraciones de Néstor Kirchner en 2007 sobre la teoría del derrame: “El Dr. Cavallo decía que la economía era un vaso con agua que se iba a llenar y al rebalsar iba a hacer más ricos a todos los argentinos. Pero cuando estaba a punto de rebalsar, se lo quedaban ellos, lo distribuían. Por eso el Estado presencial en la economía argentina es esencial, porque si no ese vasito se lo toman 10 argentinos, y nosotros queremos que se lo tomen 40 millones.”

¿Qué es, entonces, lo que diferencia a esta existente oposición del resto de la historia de nuestra gente? Para analizarlo, es oportuno tomar como ejemplo algunos sucesos ocurridos en el extenso camino de los criollos y los argentinos.

Corría el año 1810. Las damas de sociedad asistían a una reunión de alta alcurnia en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson. En la sala donde unos años después se entonarían por primera vez las estrofas del himno nacional argentino, un debate comenzó a sentar posiciones. Estaban los que pregonaban por una ciudad que suplante al virreinato español, nucleando los poderes políticos y la administración. Al mismo tiempo, distanciados de las aguas del Río de La Plata, un grupo de hombres con mucha influencia en su patria chica recibía noticias de Buenos Aires: con España preocupado por la invasión de Napoleón, la revolución en el virreinato era cuestión de tiempo. Aquellos vivían demasiado lejos del puerto como para aprovechar las ventajas aduaneras que éste ofrecía. Cada provincia tuvo a su caudillo insignia: Artigas en la Banda Oriental, Güemes en Salta, Bustos en Córdoba. La idea de un gobierno federal que respete la autonomía de las provincias, y haga valer el ingreso extraordinario de dinero del puerto para todo el país, fue concentrada por Justo José de Urquiza, padre de La Federación.

Hace más de doscientos años y cincuenta mandatos presidenciales, unitarios y federales cavaron sus trincheras y tendieron alambres de púa, una práctica coyuntural de cualquiera que se prepare para luchar por la distribución de la riqueza, o para defender sus privilegios innatos.

Luego de la batalla de Pavón en Septiembre de 1861, el entonces Estado de Buenos Aires -vencedores- sometió a las provincias de la Confederación Argentina -vencidos- y se transformó en miembro dominante del joven país. Esa lucha entre el interior y la ciudad-puerto dejaba en evidencia cuál era el bando que quería conservar toda la miel, como los amiguitos de Mowli.

Unos años más tarde, el puerto había crecido junto con la demanda del comercio. Para saciarla, harían falta unos cuantos kilómetros de tierra producida. José Martínez de Hoz colaboraría con la hazaña de Julio Argentino Roca, otorgando “1500 caballos que el Excmo. Gobierno Nacional necesita urgentemente. La Comisión Directiva de la Sociedad Rural (…) ha creído que aceptándola trabaja en el sentido de favorecer los intereses rurales que tiene el deber de promover”. Son exactamente esos intereses los que impulsaron a los criollos hacia tierras que Tehuelches y Mapuches ocupaban desde varios siglos atrás.

Al presidente de la SRA le tocarían 2.5 millones de hectáreas, en agradecimiento por la gentileza de su financiación logística. El resto de los terrenos fue repartido entre 1800 familias ‘de sociedad’, dando origen a la aristocracia que mantiene parte de su descendencia y fortuna en estas tierras al día de la fecha. La sangre del nativo derrochada fue símbolo de la determinación de los “civilizados”, que vieron en esas tierras una fuente de ganancias, y solo tuvieron que limpiarla antes de poder trabajarla. El desprecio y racismo con el que los poderosos denominaban a los pueblos originarios era reproducido por burgueses y “nuevos ricos”, comerciantes que se elevaban unos escalones por encima del trabajador en relación de dependencia, identificándose con la clase social a la que anhelaban pertenecer.

Menos de un siglo pasó hasta que Perón implementó el “Estatuto del Peón”. La llamada “Tercera Posición” marcaba un punto considerable a favor de los desahuciados. Pero su alocada concepción de igualdad era motivo de alboroto en el núcleo de los dueños del país. Y por eso, la SRA en esa época se pronunciaba así: “el Estatuto del Peón no hará más que sembrar el germen del desorden social, al inculcar en la gente de limitada cultura aspiraciones irrealizables, y las que en muchos casos pretenden colocar al jornalero sobre el mismo patrón, en comodidades y remuneraciones”. Ocho años después, el gobierno de facto de la Revolución Libertadora proscribiría el peronismo y todos sus símbolos, considerando una violación a la ley utilizar el nombre del presidente destituido. “Ni vencedores, ni vencidos”, enunció Lombardi.

Durante la dictadura cívico-eclesiástico-militar que tomó el poder en 1976, otro Martínez de Hoz -nieto de aquel que había financiado la Conquista al Desierto – se hizo cargo del Ministerio de Economía, e implementó un plan económico liberal que se ganaría los elogios de David Rockefeller. Un sector del peronismo, proscripto durante casi dos décadas, mantuvo una respuesta armada ante el terrorismo de Estado sistematizado por la Junta Militar. El liberalismo volvió a la carga con Carlos Saúl Menem y las leyes de indulto a los genocidas. El resultado de su política económica fue el testimonio reproducido al comienzo de esta contratapa. No obstante, fue el último gobierno peronista el que anuló esas leyes, continuando con los juicios a los miembros de las fuerzas implicados en delitos de lesa humanidad, iniciados por Alfonsín en el regreso a la democracia.

Desesperanzado en encontrar una respuesta, y ante tanta historia desandada, me sigo preguntando cuándo se originó La Grieta; si ha existido realmente; o si en la actualidad tan solo podemos presenciar el murmullo que generó su más reciente incremento.

Diario All Boys y nada más

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